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La leyenda negra de Alatriste

o cómo España glorifica sus derrotas.

Alatriste Érase una vez un tiempo en el que España aterrizaba felizmente en Europa. Con la transición a la democracia y la entrada en la Unión Europea, el país dió un paso de gigante en el camino hacia la modernidad. Y tenía éxito en el empeño. Los demás europeos pronto olvidaron que España había sido un país en vías de desarrollo, gobernado por una dictadura militar y por la iglesia católica, y que, amén de playas soleadas, vino y aceite de oliva, tenía poco que ofrecer. Los españoles se presentaban ahora a modo de europeos modelo; no eran tan indiferentes como los británicos, ni tan dominantes como los franceses, ni tampoco tan numerosos como los alemanes. Pero eso no era todo. De pronto, los nordeuropeos descubrieron que la vida nocturna de Barcelona y Madrid era chic, y hasta se dieron cuenta de que la cocina española constaba de algo más que de la consabida paella o de que más allá de Julio Iglesias existía otra música pop.

Ciertamente, los españoles también se asombraron de lo fácil y veloz que estaba resultando este proceso. Probablemente estaban orgullosos de demostrar al resto de Europa que al menos eran tan modernos como todos los demás. Y, sin duda, tenían toda la razón, ya que la suya es una historia de éxito cuyos paralelismos son difíciles de encontrar. Pero entonces llegó Alatriste. Alguien podría protestar ahora, y decir que una serie de novelas juveniles malas y una aún peor película no tienen nada que ver con la transición. De hecho, los americanos generan cada día productos semejantes. Pero un bestseller refleja los deseos concretos e inconscientes de sus lectores. Como Siegfried Kracauer apunta, el éxito de un libro es un “signo de un experimento sociológico acertado”.

Aquí no tratamos de las intenciones del autor, de si es realmente un reaccionario o de si tan sólo quería ganar mucho dinero en poco tiempo; sino del tipo de imagen histórica que aquí se transmite y que aparentemente se celebra. El trasfondo histórico lo pone el Siglo de Oro cuando, al contrario de lo que el adjetivo indica, la antigua grandeza de España se precipitaba al vacío en caída libre. Respecto del protagonista, se trata de un aparente aventurero desilusionado que se busca la vida como mercenario en Flandes o como espadachín en Madrid. Sin embargo, tras esa máscara, descubrimos rápidamente que con quien tratamos es con un caballero sin miedo y sin mancha, un protector de viudas y huérfanos, que regala o rehúsa el cobro de su mísero sueldo y, aún sin ducados en la bolsa, se mantiene fiel a un rey decadente e incapaz.

Y aún nos queda el escenario de la guerra de Flandes. Sí, los tercios españoles sin duda combatieron con valentía y fueron considerados largo tiempo como la mejor infantería del mundo. Pero ¿qué pasaba además allí? Algunas provincias se habían levantado y reclamaban algo más de libertad. El pueblo de los Países Bajos luchaba a la desesperada contra uno de los tiranos más oscuros y poderosos de su tiempo; y Felipe II reaccionaba al levantamiento de Flandes a su manera habitual: enviando al Duque de Alba, quien, con ayuda de los tercios, erigió un régimen de terror que no tiene comparación ni siquiera en su tiempo, tan profuso en crueldades de toda categoría. Con ello, lo único que consiguió fue la expansión de una sublevación que, probablemente, hubiera podido solucionarse con algunos esfuerzos de negociación.

Claro que ningún pueblo ha luchado siempre en el bando de los buenos. Pero incluso Hollywood, que suele tender a esta visión de la historia, hace ya tiempo que es capaz de tratar la masacre a los indios nativos o la guerra de Vietnam con cierta perspectiva crítica. Alatriste exterioriza alguna de estas refexiones alguna vez y como sin querer, cuando habla de la lucha contra los moriscos –quizás porque también ellos eran medio españoles-; en cambio, en Flandes, tan sólo se lamenta que los tiempos de los grandes reyes y héroes hayan pasado. ¿A quién se refiere? Al fanático Felipe II y a su verdugo Alba.

Pero no queremos esgrimir argumentos morales, como Pérez-Reverte o su héroe Alatriste. La guerra de Flandes fue ante todo una guerra sin razón. Por ella, España perdió sus provincias más desarrolladas, que rápidamente se colocaron en el centro de la modernidad en Europa. Así, los Países Bajos financiaron la guerra con un sistema bancario moderno, mientras los Austrias arruinaban la economía española. Pero por encima de todo, los hoy holandeses iniciaron un proceso de reforma que ha pasado a la historia como una “revolución militar” y que les permitió, con unas tropas bien pagadas y por ello bien entrenadas, resistir la superioridad numérica de las tropas españolas. Cuando finalmente lor Tercios encontraron su fin en la batalla de Rocroi, fueron derrotados por tropas modernas y mejor armadas. Impedidos en sus movimientos y armados con sus anticuados mosquetes, a los Tercios tan sólo les quedó la opción de resistir tozudamente y morir en el empeño.

Claro está que ningún simple soldado en ese tiempo podría saber esto. La pregunta, sin embargo, es por qué este destino final sin sentido, que era consecuencia de una política equivocada, es tan heroizado en letra y celuloide, y además encuentra público. Al fin y al cabo, España ha retirado sus tropas de Irak y negocia con vascos y catalanes, sin hacer marchar a sus Tercios como en tiempos del Duque de Alba. Por encima de todo, los libros y la película celebran una imagen nacional cuyo imaginario se inspira directamente en la propaganda protestante, en la llamada “leyenda negra” de una España oscura, cruel y subdesarrollada.

Alguien podría argumentar que la época y sus hombres eran así. Sin embargo, dudamos que España fuera una tierra tan oscura y lluviosa como nos presenta la película. También adolece ésta de cualquier sentido del humor o la ironía, algo que comparte con la serie de novelas, ya que estos medios estilísticos son de mal uso cuando se quiere construir una grandiosidad teatral de algo que es altamente cuestionable. Tampoco la época era así, como muestra El Quijote de Cervantes en donde, aún tratando también la decadencia de España y su estamento militar, el lector tiene la oportunidad de construir una opinión propia gracias a la distancia que ofrece la ironía.

Que las novelas históricas no tienen por qué ser así lo demuestra una mirada al modelo literario de Alatriste: Los tres mosqueteros de Dumas. También ahí el tema es el honor, pero en él no hay ni pizca de patriotismo o de inútiles muertes heroicas sino hay una razón personal. Los tres mosqueteros conspiran incluso contra el Cardenal Richelieu, personificación misma de los intereses franceses. Dumas describe a sus héroes en las trifulcas con distancia e ironía, algo que Pérez-Reverte ni intenta. No hay argumentos sino remedios. Los españoles nostálgicos pueden consolarse ahora con ello: hemos arruinado sin razón ni sentido todo un imperio, pero ¡qué manera tan heroica de morir!

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