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La aventura del corso

esclavo en las galeras turcas.

La piratería es un arma de los desheredados y ambiciosos contra los ricos y los establecidos, de cuya riqueza quieren participar. El corso, una forma semilegal de piratería que durante siglos visitaba con asiduidad las costas del Mediterráneo occidental, era una pequeña guerra permanente sin grandes matanzas ni conquistas. En el Atlántico eran piratas franceses, holandeses e ingleses, que se lanzaban a la caza de los barcos cargados de oro de los españoles. En el mediterráneo occidental, dominado por los españoles, los turcos protegían a los corsarios berberiscos de la costa sur. Pero el botín de los corsarios consistía no tanto en oro, plata o especias exóticas, sino principalmente en hombres. Sus despiadados secuestros de hombres son los que les han hecho permanecer en la memoria de las poblaciones. Atacaban no tan sólo las islas griegas y las Baleares; a menudo sus galeras bloqueaban grandes ciudades portuarias como Valencia, Génova o Nápoles, saqueban en Liguria, la Provenza y Andalucía, y se adentraban en los ríos de Cataluña. En todas partes se llevaban consigo hombres: marineros, pescadores, agricultores, pastores o familias enteras. Decenas de miles de esclavos cristianos habitaban los Baños de la costa berberisca, confiando en los pagos de rescates para la compra de su libertad.

Las historias de terror y las quejas en los archivos de la Cristiandad ocultaron durante mucho tiempo que los corsarios cristianos iban casi a la par de sus colegas berberiscos: en algunos años, Venecia perdía más barcos frente a los primeros que frente a los segundos. A pesar de que la esclavitud estaba prohibida en Occidente, nadie tenía nada a replicar frente a esclavos infieles. Hacia 1500, casi todas las naciones cristianas sustituyeron a sus remeros a sueldo por esclavos y condenados, y en cualquier hogar europeo bien acomodado, la presencia de un "moro" como sirviente era considerada como un codiciado símbolo de estatus.

La Valetta capital del corso cristiano Entre los estados cristianos, fueron los máspequeños quienes, ignorando los tratados entre los grandes paises, impusieron su propia ley para aumentar sus beneficios. La introducción de la práctica de los corsarios entre los cristianos se la debemos a los "malteses", como llamaron a los Juanitas desde que instalaron su cuartel general en Malta tras la caída en 1530 de Rhodos. Desde allí continuaron incansablemente su guerra santa contra los infieles, indiferentes a si Venecia o el emperador acabaran de firmar la paz con los turcos. Para la orden de los Juanitas, las incursiones corsarias llegaron a ser rápidamente un negocio muy lucrativo, tanto, que el Gran Duque de la Toscana fundó en 1561 la Orden de los Caballeros de San Esteban para participar en la empresa. Hacia finales del XVI, también el Virrey de Nápoles empezó a proveer a los barcos corsarios. Pero no se trataba tan sólo de hacerse con los botines; ciudades enteras vivían del comercio de los bienes robados, y sin los comerciantes de Livorno, Génova o Marsella, el botín se habría podrido en los puertos de Tripoli o Argel. En su historia del mundo Mediterráneo Fernand Braudel habla de un dominio ultraterritorial de los corsarios y de una red de estraperlistas y cómplices en toda la costa.

Muchos capitanes cristianos emprendedores que no habían podido conseguir su licencia de corsario, navergaron hasta Argel y "tomaron el turbante" como llamaban al cambio oficial de religión para entonces, y bajo la protección del sultanato, lanzarse a los mares con toda impunidad: dos de los más conocidos corsarios de la época - Chaireddin Barbarossa, el señor de Argel, y Dragut, el Bey de Túnez - eran renegados griegos. Más tarde holandeses, ingleses y franceses les siguieron los pasos. En 1581, de entre los 35 Rais de Argel -como fueron llamados los capitaner corsarios independientes, 23 eran renegados o hijos de renegados.

La fama de los capitanes y sus fabulosos botines capturados en esta época son sin embargo tan sólo una cara de la moneda. En la otra, se nos muestra el sufrimiento de los esclavos en los Baños, testimonio de los cuales es el mismo Miguel de Cervantes quien nos dejó una imagen muy viva en su relato "Los baños de Argel". También interesante, aunque mucho menos conocido, es el relato de un tal Michael Heberer, quien quiso buscar fortuna en los barcos corsarios de los malteses y que terminó de esclavo en las galeras turcas. Su relato nos cuenta de los trampeos del soldado raso y de la tragedia del esclavo de galeras, del destino del ladrón y el del robado.

Michael Heberer nace entre 1555 y 1560 en la ciudad de Bretten en el sur de Alemania. Su padre era un campesino y su madre era sobrina de Melanchthon, uno de los grandes pensadores de la Reforma.  A pesar de su origen humilde, Heberer consiguió como niño prodigio entrar en la escuela ducal de Worms. Posteriormente estudió derecho, latín y filosfía en Wittemberg, aunque sin llegar a concluir sus estudios. En 1580 fue profesor privado de una joven condesa sueca en Heidelberg. A su regreso a Worms sintió a su vez la atracción por los viajes: "y ya que prestarme al servicio de otros / por determinadas causas no tenía sentido / sino que sentía mayor atracción / por visitar paisajes extraños. Por ello cuando se mostró la oportunidad decidí viajar al Reino de Francia".

En el camino hacia allí se unió a la comitiva de una dama noble de Borgoña en viaje de regreso a Francia. Al llegar a Borgoña, entró al servicio de un conde francés con quien visitó, entre otros lugares, París. Espantado por las crueldades de las persecuciones contra los hugonotes, decidió abandonar Borgoña. El conde le entregó una carta de recomendación dirigida a su hermano, que se encontraba en Marsella como caballero de la Orden de Malta. Siguiendo pues a los caballeros de esta Orden, Heberer llegó a Malta, por esa época capital secreta de los corsarios cristianos.

El caballero que había costeado el viaje de Heberer sólo quería permitirle proseguir el viaje después que hubiera demostrado su habilidad en algunas incursiones corsarias. Por ello, armado con un buen mosquete y algunas otras armas, Heberer tomó parte en un primer viaje a la costa nordafricana. Ahí hicieron rápidamente un buen botín. Una décima parte iba destinada a la Orden y el resto era dividido según el rango entre los participantes de la incursión. También Heberer pareció estar satisfecho con su parte, ya que no tuvo objeción en participar en una segunda y mayor expedición.

Galeras Al contrario que los berberiscos, los corsarios cristianos prefirieron el Mediterráneo oriental como área de caza, donde entre Rodas, el Levante y Alejandría se podían hacer botines excepcionalmente sustanciosos. En mayo de 1585 Heberer viajó en una de cuatro galeras hacia el este para perseguir mercaderes orientales turcos. Tras multiples escaramuzas capturaron diversos barcos comerciales turcos. La táctica era simple: primero disparaban de forma tormentosa al enemigo y después recogían los frutos.

Para motivar a los soldados, se ofrecía a los primeros que "abordaban" la recompensa de 10 coronas.  Pero esta vez el botín era tan suculento que algunos saltaron antes de tiempo, cayeron al agua y se hundieron bajo el peso de sus armaduras tan rápidamente que fue imposible salvarlos. Después siguió un  batalla corta y sangrienta y cuando los turcos depusieron sus armas, empezaron las violaciones y un despiadado saqueo. Heberer no se detiene demasiado en el relato de estos hechos, no porque quisiera suavizarlos, sino porque suponía que cualquiera de sus contemporáneos conocía la realidad y los procedimientos de este tipo de enfrentamientos bélicos. Sólo cuando la orgía se vió interrumpida por la llegada de una flota turca nos ofrece una corta descripción de la situación en el barco abordado: "Había grandes suspiros y quejas de dolor de las mujeres / que todavía estaban en el barco desnudas. [...] Era una visión patética. Porque el barco y el mar estaban llenos de cuerpos muertos / y se coloreaban por la sangre vertida".

A la vista de la superioridad del enemigo, las galeras maltesas se retiraron a tal velocidad que hubo que dejar a la compañía -una colorida mezcla de más de diez pueblos diversos- abandonados en las cubiertas del barco turco abordado. Además de Heberer también se encontraba a bordo el lansquenete alemán Georg Köpke de Pomeralia. Al principio, todavía tuvieron surte en la desgracia, ya que las galeras turcas ignoraron su presencia en el barco abordado y se lanzaron con codicia a la persecución de los barcos malteses. Pero, a pesar de poder huir con la nave, la situación era cualquier cosa menos buena. Con el barco destrozado, con pocas provisiones y agua, y muy poca tripulación, corrían el peligro de topar con galeras enemigas o naufragar frente a la costa africana. La situación era tan precaria que incluso a un mercenario siciliano sorprendido en acto de sodomía, se le perdonó y no se le lanzó por la borda dentro de un saco, como era habitual en estos casos. No obstante, no escapó a una bastonada propinada por sus jueces.

La situación a bordo era cada vez peor y, cuando tras una tormenta finalmente el barco embarrancó en la costa, tuvieron que abandonarlo. Los caballeros de la Orden y algunos nobles hicierosn prevalecer sus privilegios y embarcaron con todas las provisiones en el último bote. Los demás -unos 40 hombres- tentaron su suerte en tierra. Ahí fueron hechos rápidamente prisioneros por los árabes, saqueados y trasladados a Alejandría como esclavos para su venta.

Como marca de esclavitud les afeitaron la cabeza y la barba, y los manillaron de dos en dos. Heberer fue encadenado junto a su compatriota Köpke. Durante el invierno los mantuvieron en un Baño y cada día sus vigilantes les llevaban a trabajar a la ciudad, en donde les ocupaban en la demolición de edificios en ruinas. Durante estos trabajos les permitían recoger madera, metal y  trapos, materiales que les era permitido vender a cuenta propia para poder comprar en los Baños raciones extras de sopa y de judías. Los guardianes, asimismo pobres diablos, también participaban de estos pequeños negocios y, por ello, conducían a menudo a los esclavos de vuelta a los Baños por el centro de los mercados para darles oportunidad de robar algo. Los guardias espantaban a los desconsolados mercaderes robados y después se repartía amistosamente entre todos el botín.

esclavos en un baño Pero el invierno en los Baños era también duro en Alejandría. Muchos esclavos enfermaban y morían. Sobre todo los prisioneros árabes sufrían tremendamente las inclemencias del frío. El primavera, el trabajo de los escalvos era calfatear las galeras. Después de impermeabilizar el casco con estopa y alquitrán, debía ser engrasado. Para los esclavos, esta grasa rancia era un agradecido suplemento alimenticio con el que cocinaban sopa en la noche. Después de los temporales hivernales, y tras la puesta a punto de las galeras, empezaban los viajes entre Alejandría, los puertos orientales y Constantinopla.

Heberer se sentaba junto a Köpke y dos condenados árabes, asaltantes de caminos, en uno de los bancos de remos de la galera. Su desconocimiento de la lengua y de las costumbres les valió numerosos latigazos y, en el reparto diario de pan y agua racionado por cada banco, tenían siempre las de perder: "Los dos árabes tomaban siempre lo mejor / y nos daban a mi y a mi pomerense / lo que los ratones y gusanos ya habían roído y abandonado / con lo que debíamos contentarnos / [...] y después que ambos hubieran bebido bastante / y hubieran limpiado dentro sus narices negras / nos daban ese caldo / y también teníamos que contentarnos con eso. Ese era nuestro tratamiento diario, pan podrido / y del mismo poco / agua apestosa / y látigo de sobras."

Pero Heberer aprendió pronto el necesario arte de sobrevivir. Un francés le enseñó a tejer medias. Por 2 asper se compró una piel de cordero, esquiló la lana, la lavó y la peinó. Y de ella tejió tres pares de medias por las que recibió, según la calidad y la demanda, de 30 a 60 asper. Era un sueldo miserable, que conseguía tejiendo durante su tiempo libre, porque 120 asper eran al cambio 1 ducado, y tres ducados eran el sueldo de un mes. Pero le aseguró la supervivencia. Con el dinero compraba queso, cebolla y pan que ayudaban a completar su dieta. Sorprendido, Heberer observaba que la mayoría de esclavos eran demasiado perezosos para tejer y, con el tiempo y junto al francés, consiguió hacerse con un negocio de lana bastante próspero. A este siguió un negocio de vino, lo que significa que compraban una botella de vino y la revendían en raciones individuales a esclavos ricos y a capataces. Los guardias les permitían el negocio pero naturalmente reclamaban parte de las ganancias.

En la narración de Heberer se encuentran en varias ocasiones indicios que muestran un relativo entendimiento entre esclavos y guardias. Con ellos, que a su vez también se encontraban en el más bajo escalafón social, se podían hacer negocios y, en determinadas circunstancias, se podía apelar a su comprensión. Muy al contrario que con los patrones de las galeras. Éste había invertido dinero en la empresa y quería sacar beneficios. Cuando los esclavos durante un viaje remaban mal -principalmente a causa de la mala condición de vida- ordenaba al capataz hacer uso del látigo.  Pero éste se negó a castigar aún más a esos rostros desencajados: "porque no tenían ningun alimento / no hubiera podido animarlos / ya que el pan habría sido de más ayuda que el látigo /del que ya habían tenído antes en demasía". Cuando el patron le aclaró que los esclavos eran de su propiedad, y que podía hacer de ellos lo que le viniera en gana, contestó el capataz: "Los pobres esclavos son hombres / yo también soy un hombre / y pretendo tratar a los hombres como tales / y no como animales". Entonces arrojó el látigo al suelo y al patrón no le quedó más remedio que latigarlos él mismo.

La dura existencia de los esclavos movía a la población a la compasión. Cuenta Heberer que algunos comerciantes turcos se resignaban a los pequeños hurtos, en otra ocasión un judío les dió pan. Otro judío en Alejandría, que había nacido en Suavia, regaló a los dos alemanes una moneda de oro. Pero por encima de todo, los esclavos levantaban la compasión de las mujeres. Una vez una mujer del sultán que había utilizado la galera, regaló a los esclavos algunas raciones de comida y, al fin del viaje, un ducado a cada uno -del que tanto el capitán como los capataces se apropiaron de la mitad-. Durante los trabajos de construcción en la casa de un rico turco, las esposas les ofrecían restos de comida, pan y a veces algo de dinero. También los eunucos en Serail les proporcionaron por piedad arroz y carne.

esclavos de Hungría A pesar de ello, la vida era de una dureza increible. Constantemente morían esclavos a causa de las privaciones, enfermedades o simplemente "preocupaciones" como describe el mismo Heberer. En invierno tenían que llenar grandes depósitos de nieve en las cercanías de Constantinopla. Esta nieve se vendería en la ciudad en verano - una vez convertida en hielo -para enfriar las bebidas. Algunos esclavos murieron congelados, otros, a pesar de haber perdido los dedos de los pies, tenían que continuar trabajando. Por las noches eran encadenados en las galeras con la ropa húmeda. Otro año, la peste azotó Constantinopla, causando entre los esclavos un gran número de víctimas.  Gracias a una exitosa campaña en Hungría, pronto llegaron nuevos repuestos al mercado. El patron compró siete alemanes robustos por el irrisorio precio de 120 ducados. Sin entender la lengua ni adaptarse a las nuevas condiciones alimentarias, en las primeras dos semanas murieron tres de ellos de hambre y desesperación. Heberer sólo pudo intentar animar a los supervivientes.

Los esclavos tenían tres posibilidades de escapar a una muerte pronta: la conversión al islam, la huida o la compra de su libertad. Los enviados de los estados cristianos y algunas órdenes religiosas compraban constantemente la libertad de estos desgraciados. Sólo que, dado el gran número de ellos, esa posibilidad era muy remota. Así, muchos esclavos se convirtieron en musulmanes y, como renegados de la cristiandad, llevaban a menudo una vida bastante agradable. Heberer relata varios encuentros en Alejandría y Constantinopla con renegados italianos, españoles y alemanes. También a él y a sus compañeros de destino se les había ofrecido esta posibilidad en el momento de su captura, opción que tan sólo aceptaron dos franceses. Pero la opción más complicado era la huida: sin la colaboración de los lugareños era un intento prácticamente imposible y a los esclavos escapados y recapturados les amenazaban castigos draconianos.

Sin embargo, a veces la gente del lugar ayudaba. En Alejandría, Heberer y Köpke encontraron a dos artilleros de Bremen que servían en una galera genovesa. Uno de ellos conocía a Köpke  de un servicio de guerra en Portugal y le regaló una lima. Heberer y Köpke planearon largo tiempo una estrategia para huir y esperaban a una ocasión propicia. Ésta no llegó hasta que conocieron en Constantinopla al joyero Hans Rattich de Pomeralia, instalado en esa ciudad. Rattich se ocupó de sus compatriotas, proveyéndoles de pan y dinero. Cuando Köpke consiguió limar sus cadenas y escapar en una noche cerrada, Rattich le ocultó en su casa hasta que le hubo crecido la barba y el pelo. Después fué introducido clandestimanete en un barco griego con el que inició el viaje de regreso a Malta. Después, Heberer no tuvo más noticias de él, pero es de suponer que el viejo lansquenete volvió a su antigua vida de bandolero.

Heberer quedó atrás. Como hombre de letras se confió a la escritura de cartas en el intento de contactar con los enviados europeos a la ciudad, mientras Rattich y un renegado alemán le servían de mensajeros. En sus primeros intentos sufrió una decepción: el enviado del emperador no estaba dispuesto a liberar a protestantes. Heberer se dirigió entonces a los franceses. De sus viajes conocía a algunos nobles franceses y además el palatinado era entonces aliado de Francia. Tras un largo proceso de intercambio de misivas, Heberer fue liberado por los enviados franceses. Y ya que era una "criatura tan pobre y desgraciada", el precio pudo negociarse a la baja hasta los 100 ducados.

Había sufrido la esclavitud durante tres años. A pesar de ello, no tuvo urgencia en emprender el viaje de vuelta. Permaneció algunos meses en la embajada francesa y aprovechó el tiempo para conocer Constantinopla. Durante este periodo, conoció a algunos nobles de Franconia, que estaban de regreso de un viaje de peregrinación. Uno de ellos -Johann Ludwig von Münster - quedó tan conmovido por las historias de Heberer que le convenció para acompañarlo de vuelta a Malta.

el esclavo como objeto de lujo Como último cuerpo militar de las antiguas ordenes de caballeros, los malteses atraían a muchos jóvenes de la nobleza europea que querían redondear sus viajes de caballerías por el sur de Europa con una aventura de guerra de cierta envergadura. Sólo con estos invitados, que después poseerían poder e influencias, tenía la Orden más deudas que las que podía saldar con pomposas fiestas. También von Münster estaba aburrido de tanta celebración; él quería jugar un poco a las cruzadas y se decidió a tomar parte en una incursión de los Malteses en la costa africana. Heberer quiso evitarse el riesgo de la expedición y permaneció en Malta. Tiempo después todavía medió en la compra de dos esclavos moros que von Münster quería llevarse como recuerdo a Franconia para decorar sus relatos aventureros. Para el antiguo esclavo Heberer esto era un sobreentendido y lo más natural del mundo.

Poco tiempo después, Heberer abandonó Malta. Viajó a través de España hacia Italia, donde terminó sus estudios jurídicos en Padua. El 1589 retornó, tras siete años de ausencia, a Heidelberg, donde despertó gran atención como combatiente contra los turcos y antiguo esclavo. En la corte del principe narró su odisea y consiguió incluso un buen empleo en el tribunal de la corte. Años después empezó a escribir sus experiencias, que aparecieron publicadas en 1610 bajo el título "Aegyptiaca Servitus". Como era propio en la época, y para reunir abundantes datos en su libro, ilustró sus narraciones con relatos de viaje e investigaciones geográficas de otros autores. Para el lector moderno esta información es de relativo interés. No obstante, son impactantes la viveza de sus descripciones de la guerra de saqueos de los malteses, de la vida de los esclavos de sus desgracias y de su arte para la supervivencia.

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